Artritis reumatoide y ejercicio

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La artritis reumatoide (AR) es una enfermedad articular inflamatoria crónica que en última instancia produce dolor, hinchazón y rigidez de las articulaciones. La AR afecta comúnmente a las articulaciones pequeñas, incluidas las articulaciones de las manos y los pies. Menos comúnmente afectadas son las articulaciones más grandes, incluidas la rodilla, el codo y el hombro. Con el tiempo, este daño articular da como resultado deformidades articulares y movilidad limitada. Las manifestaciones de la AR no son exclusivas de las articulaciones. En algunas personas, el corazón, los pulmones o los ojos se ven afectados. La progresión de la AR es variable (Sharif et al., 2018).

Aunque el advenimiento de la terapia biológica ha mejorado sustancialmente el pronóstico de los pacientes, el tratamiento de los pacientes sigue siendo un enfoque multidisciplinar en el que las modificaciones del estilo de vida juegan un papel importante.

INFLAMACIÓN Y AR.

“Llevar un estilo de vida activo reduce la inflamación y el riesgo de desarrollar síntomas más graves en la AR”.

El estudio de Sandberg et al (2014) investigó la asociación entre la AR y la actividad de la enfermedad y mostró que los pacientes con AR que eran físicamente activos los 5 años previos al diagnóstico formal desarrollaron una enfermedad más leve.

AR Y RIESGO CARDIOVASCULAR.

Los pacientes con AR tienen un riesgo 1,5 a 2,0 veces mayor de desarrollar enfermedad de las arterias coronarias en comparación con la población general. La enfermedad cardiovascular (ECV) se considera una de las principales causas de mortalidad en pacientes con AR. Se ha postulado que el aumento de la susceptibilidad es el resultado del proceso inflamatorio continuo.

En el estudio de Metsios et al., (2009) se afirma que los pacientes con AR que son físicamente inactivos tienen un perfil de riesgo de enfermedad cardiovascular significativamente peor en comparación con los pacientes con AR que son activos. Los pacientes con AR físicamente activos presentan niveles significativamente más bajos de presión arterial sistólica, niveles de colesterol, lipoproteínas de baja densidad, homocisteína, apolipoproteína B, factor von Willebrand y antígeno inhibidor del activador del plasminógeno tipo I.

Se ha demostrado que el ejercicio ejerce su efecto beneficioso sobre la función celular endotelial a través de tres mecanismos principales; reversión de la disfunción endotelial, efectos antiaterogénicos y efectos antiinflamatorios (Metsios et al., 2010). Se ha demostrado que el ejercicio aumenta el flujo sanguíneo a los músculos e induce vasodilatación a través del óxido nítrico (DeSouza, et al., 2000). Además, el esfuerzo cortante debido al aumento del flujo sanguíneo aumenta la expresión de prostaglandina I2 (PGI2), un vasodilatador e inhibidor de la agregación plaquetaria (Frangos et al., 1985; Tuttle et al,. 2001). Se ha demostrado que el ejercicio reduce el tejido adiposo, que tiene un papel en la liberación de citocinas proinflamatorias (McLaughlin et al., 2002).

CAQUEXIA EN AR.

La caquexia reumatoide afecta a dos tercios de los pacientes con AR y se define como una pérdida predominante de músculo esquelético (Lemmey et al, 2009). A diferencia de otras enfermedades asociadas con la caquexia, como el cáncer y el sida, los pacientes con caquexia reumatoide mantienen un peso corporal estable debido a la sustitución de la masa muscular por tejido adiposo (Roubenoff, et al., 1992). El mecanismo biológico de la caquexia reumatoide sigue sin estar claro, pero se cree que influye la interacción compleja de varios factores, incluidas las citocinas proinflamatorias, la baja actividad física y el uso de esteroides (Roubenoff, et al., 1994; Gibson et al., 1991).

El ejercicio de fuerza ha demostrado ser efectivo para paliar la pérdida de masa muscular y mejorar la composición corporal en pacientes con AR (Marcora et al., 2005).

PÉRDIDA DE DENSIDAD MINERAL ÓSEA Y AR.

Varios factores pueden contribuir a la disminución de la densidad mineral ósea observada en los pacientes con AR, incluido el estilo de vida sedentario, el proceso inflamatorio sistemático que caracteriza la enfermedad y el uso de esteroides en dosis altas (Franck & Gottwalt, 2009).

De Jong et al. (2005) encontraron que dos años de ejercicios de fuerza de alta intensidad condujeron a niveles reducidos de daño articular radiológico en los pies y las manos en comparación con el grupo de fisioterapia de atención habitual. Estos resultados corroboran el efecto protector ante la pérdida de densidad mineral ósea de los ejercicios con cargas.

PÉRDIDA DE MOVILIDAD ARTICULAR Y AR.

La AR se caracteriza por daño articular, rigidez y deformidad. Debido a la naturaleza de la AR, inicialmente se creyó que el ejercicio podría causar una exacerbación del daño articular, por lo que se recomendó a los pacientes con AR que se abstuvieran de realizar actividad física.

El ejercicio tiene un potencial beneficio para inhibir la progresión de la AR y aumentar la capacidad funcional del paciente.

Van den Ende et al., (2000), investigó la influencia que tiene un programa de ejercicio sobre la función física en pacientes con AR. Durante el período de observación, la movilidad articular, la fuerza y ​​la capacidad funcional mejoraron significativamente en todos los pacientes con AR que realizaron un programa de ejercicios que consistía en ejercicios de movilidad, isométricos e isocinéticos que involucraban las articulaciones de los pies, manos y rodillas.

FATIGA Y AR.

Otro síntoma debilitante común de la AR es la fatiga, que se experimenta en cerca del 40% de los pacientes (van Hoogmoed et al., 2010). Se sabe que la fatiga, un constructo muy subjetivo, influye en las medidas de calidad de vida en pacientes con enfermedades crónicas.

Los pacientes con AR que realizan ejercicio aeróbico de baja intensidad o de fuerza ven disminuidos los niveles de fatiga autoinformada (Rall et al., 1996; Neiil et al., 2006).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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