El ejercicio físico como medicina en la enfermedad de Parkinson.

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La enfermedad de Parkinson (EP) es un trastorno neurodegenerativo crónico y progresivo que afecta a más de 10 millones de personas en el mundo. Aunque los tratamientos farmacológicos actuales pueden mejorar temporalmente los síntomas, no existen terapias que prevengan, frenen o reviertan la progresión de la enfermedad.

El ejercicio físico ha emergido como una herramienta terapéutica con un potencial extraordinario. Múltiples investigaciones han demostrado que el ejercicio no solo mejora los síntomas motores y no motores, sino que también puede tener un impacto en la progresión de la enfermedad y, posiblemente, en su aparición. Esto convierte al ejercicio en una forma de prevención primaria, secundaria y terciaria.

A continuación, se resume cómo actúa el ejercicio en cada una de estas fases:

Prevención primaria: reducir el riesgo de desarrollar Parkinson

Los estudios epidemiológicos más recientes muestran que las personas activas físicamente tienen un menor riesgo de desarrollar Parkinson, especialmente los hombres. El ejercicio moderado o vigoroso durante años se asocia a una reducción significativa del riesgo. Este efecto parece seguir una relación dosis-respuesta: cuanto más ejercicio se realiza, menor es la probabilidad de desarrollar la enfermedad. Esto sugiere que el ejercicio podría ser una intervención de salud pública relevante para reducir la incidencia del Parkinson.

Prevención secundaria: ralentizar la progresión tras el diagnóstico

Aunque todavía se necesitan más investigaciones sólidas, algunos ensayos clínicos controlados muestran que el ejercicio —especialmente el aeróbico— puede ralentizar la progresión de la enfermedad. Se han observado mejoras en la función motora, el equilibrio y ciertos parámetros neurobiológicos, así como menor atrofia cerebral en pacientes activos. Esto hace pensar que el ejercicio puede modificar parcialmente el curso de la enfermedad, y no solo tratar los síntomas.

Prevención terciaria: mejorar los síntomas y la calidad de vida

La evidencia es contundente en este punto: el ejercicio físico mejora una amplia variedad de síntomas en personas con Parkinson. Entre ellos:

  • Marcha, equilibrio y movilidad.

  • Fuerza muscular y postura.

  • Síntomas no motores como la fatiga, el insomnio, el estado de ánimo o la función cognitiva.

  • Autonomía en las actividades diarias.

  • Calidad de vida global.

Una imagen vale más que mil palabras

La siguiente figura ilustra de forma conceptual cómo el ejercicio puede tener efectos preventivos y terapéuticos en la evolución del Parkinson:

FiguraConceptualización de los efectos inducidos por el ejercicio en la enfermedad de Parkinson (Langeskov-Christensen et al., 2024). La imagen muestra cómo el ejercicio puede tener efectos preventivos primarios, secundarios y terciarios, actuando sobre cuatro variables clave: pérdida de neuronas dopaminérgicas, síntomas no motores, síntomas motores y calidad de vida. Las líneas representan tres trayectorias posibles:

  • 🔵 Pacientes que hacen ejercicio de forma regular y prolongada (prevención primaria).
  • 🟢 Pacientes que inician ejercicio tras el diagnóstico (prevención secundaria y terciaria).
  • 🔴 Pacientes que siguen el curso tradicional sin ejercicio.

La línea negra discontinua sugiere un posible efecto de prevención primaria si el ejercicio se realiza durante toda la vida. Las letras “D” indican el momento del diagnóstico.

¿Qué sucede en el cuerpo cuando hacemos ejercicio?

La EP afecta al sistema nervioso central, pero también a muchos otros sistemas. El ejercicio, al actuar sobre todo el organismo, puede inducir múltiples mecanismos beneficiosos:

  • Aumento de factores neurotróficos como el BDNF o el GDNF.

  • Mejora de la función mitocondrial.

  • Reducción de la inflamación.

  • Mejora de la conectividad cerebral y de la neuroplasticidad.

En modelos animales, estos mecanismos están bien documentados. En humanos, comienzan a aparecer estudios prometedores con biomarcadores, neuroimagen funcional y medidas clínicas objetivas. Aun así, se necesitan ensayos clínicos de alta calidad para confirmar y consolidar estos hallazgos.

Conclusión: El ejercicio debe considerarse una parte esencial del tratamiento de la enfermedad de Parkinson. Ya no es solo un consejo saludable, sino una intervención con base científica sólida, que puede actuar antes, durante y después del diagnóstico. Desde un enfoque multidisciplinar e individualizado, el ejercicio tiene el poder de mejorar la vida de millones de personas con Parkinson.

Referencias bibliográficas:

Langeskov-Christensen, M., Franzén, E., Hvid, L. G., & Dalgas, U. (2024). Exercise as medicine in Parkinson’s disease. Journal of Neurology, Neurosurgery & Psychiatry, 95(11), 1077-1088.

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