El cáncer de mama continúa siendo uno de los mayores desafíos oncológicos a nivel mundial: es el tipo de cáncer más diagnosticado y una de las principales causas de muerte por cáncer en mujeres.
A pesar de los avances en diagnóstico y tratamiento, muchas supervivientes enfrentan efectos secundarios físicos y emocionales que afectan su calidad de vida. En este contexto, el ejercicio físico ha emergido como una herramienta terapéutica de primer orden, con una sólida base científica que respalda su eficacia tanto en la mejora de los resultados clínicos como en el bienestar integral de las pacientes.

Ejercicio, supervivencia y reducción del riesgo de recurrencia.
La evidencia científica es clara: mantenerse físicamente activa después del diagnóstico mejora la supervivencia y reduce el riesgo de recurrencia.
Diversos estudios han mostrado que las mujeres que practican ejercicio regular tras el diagnóstico presentan una menor mortalidad y recurrencia del cáncer de mama.
Un ejemplo destacado es el ensayo clínico OptiTrain, que demostró que el entrenamiento de alta intensidad con componente de fuerza redujo el riesgo de muerte en un 82% comparado con los cuidados habituales.
Además, seguir las recomendaciones mínimas de actividad física —tanto antes como después del tratamiento— puede reducir hasta un 68% el riesgo de mortalidad total. Incluso empezar a hacer ejercicio tras el diagnóstico ofrece beneficios notables, demostrando que nunca es tarde para comenzar.
¿Cómo protege el ejercicio frente al cáncer?
El ejercicio no solo mejora la condición física, sino que modifica el entorno biológico del organismo de forma que frena la progresión tumoral.
– Efectos antiinflamatorios e inmunológicos:
La inflamación crónica favorece la proliferación de células tumorales y la resistencia al tratamiento. El ejercicio ayuda a contrarrestar este proceso, reduciendo marcadores inflamatorios como la interleucina-6 (IL-6) y el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α).
Un metaanálisis reciente con casi 1.000 supervivientes confirmó que el ejercicio combinado (aeróbico + fuerza) es el más eficaz para reducir estos biomarcadores inflamatorios.
– Mioquinas: El músculo como órgano antitumoral:
Durante la contracción, el músculo libera mioquinas —sustancias con propiedades antiinflamatorias y antitumorales—. Estudios recientes han demostrado que una sola sesión de entrenamiento de fuerza o HIIT puede reducir el crecimiento de células de cáncer de mama in vitro, gracias a la acción de moléculas como la decorina, SPARC y la oncostatina M.
– Modulación hormonal:
El ejercicio también influye positivamente en el equilibrio hormonal. En mujeres postmenopáusicas, los programas de ejercicio regular reducen los niveles de estrógenos circulantes y aumentan la globulina fijadora de hormonas sexuales (SHBG), factores directamente relacionados con un menor riesgo de recurrencia en cánceres hormonodependientes.
Mejoras en la capacidad física y la composición corporal.
Los tratamientos oncológicos suelen provocar un deterioro de la capacidad cardiorrespiratoria (VO₂max) y una pérdida de masa muscular (sarcopenia).
El ejercicio aeróbico y de fuerza revierte estos efectos, mejorando la resistencia, la fuerza y la composición corporal.
Un metaanálisis reciente mostró que las supervivientes que realizaron ejercicio aumentaron significativamente su VO₂max y masa magra, lo que se traduce en mayor funcionalidad y menor riesgo de mortalidad.
Además, el entrenamiento combinado contribuye a mantener la densidad mineral ósea, reduciendo el riesgo de osteoporosis inducida por los tratamientos hormonales o la menopausia precoz.
Ayuda a paliar los efectos secundarios del tratamiento.
Entre los múltiples beneficios del ejercicio destaca su capacidad para reducir la fatiga relacionada con el cáncer, uno de los síntomas más comunes y limitantes.
Los programas de ejercicio durante la quimioterapia han mostrado menor severidad de efectos secundarios, menor pérdida de fuerza y mejor recuperación funcional comparado con quienes inician el ejercicio después.
El linfedema, históricamente considerado una contraindicación para el ejercicio, también se beneficia del entrenamiento de fuerza. Estudios recientes confirman que el ejercicio de alta intensidad no solo es seguro, sino que mejora el linfedema, siempre que se realice de manera progresiva y supervisada.
Por otro lado, intervenciones como yoga, mindfulness, Tai Chi o Qigong han demostrado reducir la ansiedad, la depresión y mejorar el bienestar emocional, reforzando el papel del ejercicio como herramienta integral de salud.
Recomendaciones basadas en la evidencia.
Las guías clínicas internacionales, como las de la Sociedad Americana de Oncología Clínica (ASCO), recomiendan que las pacientes con cáncer de mama realicen tanto ejercicio aeróbico como de fuerza, incluso durante el tratamiento activo.
Ejercicio aeróbico:
- 150 minutos de actividad moderada o 75 minutos vigorosa a la semana
- Modalidades: caminar, nadar, montar en bicicleta
- Intensidad: 50–80% de la frecuencia cardíaca máxima
Entrenamiento de fuerza:
- 2–3 sesiones semanales
- 8–10 ejercicios multiarticulares
- 2–3 series de 8–15 repeticiones (60–80% de 1RM)
- Progresión individualizada
Ejercicio combinado:
La combinación de fuerza y aeróbico ofrece los mayores beneficios globales, mejorando la calidad de vida, la composición corporal y los marcadores inflamatorios.
En pacientes con linfedema o riesgo de desarrollarlo, el ejercicio debe ser supervisado y acompañado del uso de prendas de compresión cuando sea necesario.
Conclusiones.
El ejercicio físico debe considerarse una parte esencial del tratamiento del cáncer de mama, no una opción complementaria.
Más allá de mejorar la calidad de vida, el ejercicio impacta directamente sobre la supervivencia, la recurrencia y los mecanismos biológicos del tumor.
El enfoque más eficaz es el entrenamiento combinado de fuerza y aeróbico, iniciado durante el tratamiento y mantenido a largo plazo, siempre bajo la guía de profesionales especializados en ejercicio y salud oncológica.
Incorporar el ejercicio dentro del proceso terapéutico del cáncer de mama no solo mejora la salud física y emocional, sino que también se asocia con una mayor supervivencia y esperanza de vida.
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